4 de febrero de 2026
Desde su creación en 1991 con el Tratado de Asunción, el Mercosur ha sido uno de los proyectos de integración más ambiciosos de América Latina. Concebido como un mercado común entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay –con Bolivia posteriormente incorporada y Venezuela hoy suspendida, y otros países asociados–, el bloque buscó articular una estrategia compartida de desarrollo, comercio e inserción internacional. El seguro, por su naturaleza transversal a la actividad económica, ocupa un lugar central en este proceso, sin embargo, el mercado asegurador sigue fragmentado por marcos regulatorios nacionales divergentes, políticas proteccionistas y ausencia de una autoridad supranacional que coordine estándares comunes. Esta situación contrasta con la experiencia de la Unión Europea, donde el sector asegurador logró consolidar un mercado único con reglas armonizadas y reconocimiento mutuo de normativas. En el Mercosur, en cambio, cada país mantiene su propio régimen regulatorio (unos más que otros), lo que dificulta la operación transfronteriza de las aseguradoras y limita la competencia regional sobre todo en materia de armonizar coberturas y riesgos.
Cuando el silencio se interpone entre el asegurado y su aseguradora, rara vez se percibe de inmediato como un problema. Muchas veces se minimiza con una llamada que no se hace, un correo que no se responde, una duda que se posterga o un documento que se deja “para después”. Sin embargo, ese silencio aparentemente inofensivo puede convertirse luego en uno de los riesgos ocultos más costosos dentro de la relación entre asegurado y asegurador.
En el seguro, cada póliza, con sus cláusulas, exclusiones y coberturas que hoy parecen tan obvias nacieron de un evento que alguna vez sucedió: una inundación que nadie esperaba, un fallo estructural improbable, un incendio impensable, un accidente que expuso un vacío legal. Ese conjunto de experiencias, algunas complejas y mediáticas, otras silenciosas, constituye lo que se da en llamar la memoria del riesgo: un archivo “vivo” de todo aquello que el mundo ha aprendido a enfrentar, corregir, reparar y prevenir. Sin esa memoria del riesgo, las pólizas serían frágiles, incompletas e incapaces de proteger lo que realmente importa. Con ella, en cambio, la industria del seguro tiene la capacidad de anticiparse incluso a escenarios todavía inexistentes y reinterpretar el pasado, como una forma de evitar que un daño ya conocido se repita con la misma crueldad. Así, un gran incendio urbano obligó a crear las primeras reglas modernas de aseguramiento contra fuego; una oleada de naufragios perfiló las primeras tablas actuariales marítimas; una crisis financiera introdujo cláusulas nuevas sobre responsabilidad de directivos; una pandemia despertó un debate mundial sobre exclusiones que antes parecían hipotéticas. La memoria del riesgo es en esencia entonces, historia y estadística.
El seguro ha tenido que evolucionar como actividad milenaria y como un mecanismo de reducir el inevitable temor y la ansiedad hacia lo incierto y lo desconocido desde sus primeros vestigios hacia el año 5000 a. C. en China hasta la actualidad. Tuvo que acompañar el avance y la modernización de los procesos evolutivos en los distintos escenarios que intervinieron la costumbre y la inteligencia humana. Así, la industria aseguradora vivió bajo la premisa de que los riesgos podían clasificarse, modelarse y anticiparse con relativa estabilidad.
La violencia pública que trae aparejados disturbios civiles se está incrementando a nivel global, debido a las tensiones geopolíticas y los efectos derivados de los conflictos crónicos en todo el mundo. Estos hechos de disturbios civiles pueden incluir desde una bomba pirotécnica hasta daños a viviendas, vehículos e instalaciones públicas en un mismo punto o en varios al mismo tiempo en un país. Constituyen riesgos difíciles de determinar en cuanto a sus alcances, pudiendo considerarse desde hechos que causen daños aislados o secuencia de situaciones de alcance malicioso. Muchas pólizas estándar excluyen o limitan la cobertura en casos de riesgos políticos o disturbios civiles, requiriendo pólizas específicas o cláusulas adicionales que cubran estos eventos.
Cada historia tiene un punto de origen, un comienzo, un punto de inflexión, un instante decisivo que marca el inicio de algo trascendente. En el universo del seguro ese instante le podemos dar el nombre simbólico de el Big Bang del seguro. Es el momento en que el individuo –movido por la reflexión, la experiencia vivida o simplemente el instinto de supervivencia– toma conciencia del riesgo y decide protegerse frente a él. No se trata de una simple transacción económica o algo puramente material, sino de un acto profundamente humano: el despertar de la conciencia de vulnerabilidad y la elección deliberada de buscar su seguridad y la de los suyos.