25 de febrero de 2026
Si hay algo que caracteriza a los países en desarrollo es el auge de la construcción. Edificios, carreteras, puentes, plantas industriales, hospitales, viviendas, etc., son algunos de los emprendimientos que “mueven” la economía y movilizan a miles de profesionales de diferentes oficios. Cada uno juega un rol más o menos preponderante en el cronograma de las obras, pero por lo general sobresale un inversor, contratante o propietario y un ejecutor del servicio, contratista o inquilino. Este tipo de cobertura elimina lagunas típicas en seguros limitados, garantizando que el contratista, el propietario o los inversionistas no enfrenten pérdidas financieras catastróficas por siniestros repentinos, lo que permite mantener el cronograma de obras sin interrupciones prolongadas.
¿Tiene lógica lo que estamos asegurando y cómo lo estamos asegurando? Ante esta pregunta, el sentido común es la primera línea de defensa. Un posible asegurado solicitó una propuesta de seguro para un pequeño restaurante con una suma asegurada muy superior a su valor real. El suscriptor notó esa discrepancia y su criterio o sentido, sumado a su vasta experiencia, le daban señales de que algo no estaba encajando. La primera pregunta vuelve a ser la misma: ¿Por qué alguien aseguraría un riesgo por dos veces su valor real? La revisión posterior reveló señales de alerta: problemas financieros del restaurante y un historial de reclamaciones dudosas. El sentido común activó un análisis más profundo que ningún algoritmo habría detectado. La póliza por supuesto no se emitió. Y semanas después, otra compañía sufrió un siniestro en ese mismo local.
El vicio propio surge del fenómeno lógico de que hay cosas que, por su naturaleza, están sometidas a un proceso de transformación, degeneración o mutación. Los productos perecibles cumplen su destino, que es el de perecer o transformarse, en forma inexorable. Hablamos entonces de un proceso natural, inherente al ser de la cosa misma. No importa cuánto hagamos para conservar una cosa perecedera en su estado original, esta terminará por cumplir el ciclo de la naturaleza y se terminará degenerándose o transformándose. Por ello, al hablar de la destrucción, hablamos en realidad de la pérdida de aquellas cualidades o condiciones de la cosa que hemos tenido a la vista y que tiene un valor comercial.
Cuando el silencio se interpone entre el asegurado y su aseguradora, rara vez se percibe de inmediato como un problema. Muchas veces se minimiza con una llamada que no se hace, un correo que no se responde, una duda que se posterga o un documento que se deja “para después”. Sin embargo, ese silencio aparentemente inofensivo puede convertirse luego en uno de los riesgos ocultos más costosos dentro de la relación entre asegurado y asegurador.
En el seguro, cada póliza, con sus cláusulas, exclusiones y coberturas que hoy parecen tan obvias nacieron de un evento que alguna vez sucedió: una inundación que nadie esperaba, un fallo estructural improbable, un incendio impensable, un accidente que expuso un vacío legal. Ese conjunto de experiencias, algunas complejas y mediáticas, otras silenciosas, constituye lo que se da en llamar la memoria del riesgo: un archivo “vivo” de todo aquello que el mundo ha aprendido a enfrentar, corregir, reparar y prevenir. Sin esa memoria del riesgo, las pólizas serían frágiles, incompletas e incapaces de proteger lo que realmente importa. Con ella, en cambio, la industria del seguro tiene la capacidad de anticiparse incluso a escenarios todavía inexistentes y reinterpretar el pasado, como una forma de evitar que un daño ya conocido se repita con la misma crueldad. Así, un gran incendio urbano obligó a crear las primeras reglas modernas de aseguramiento contra fuego; una oleada de naufragios perfiló las primeras tablas actuariales marítimas; una crisis financiera introdujo cláusulas nuevas sobre responsabilidad de directivos; una pandemia despertó un debate mundial sobre exclusiones que antes parecían hipotéticas. La memoria del riesgo es en esencia entonces, historia y estadística.
El seguro ha tenido que evolucionar como actividad milenaria y como un mecanismo de reducir el inevitable temor y la ansiedad hacia lo incierto y lo desconocido desde sus primeros vestigios hacia el año 5000 a. C. en China hasta la actualidad. Tuvo que acompañar el avance y la modernización de los procesos evolutivos en los distintos escenarios que intervinieron la costumbre y la inteligencia humana. Así, la industria aseguradora vivió bajo la premisa de que los riesgos podían clasificarse, modelarse y anticiparse con relativa estabilidad.