27 de febrero de 2026

La imagen del perro de raza “perfecta”, con pedigree y rasgos muy definidos, es uno de los motores del negocio canino mundial. Pero detrás de muchos de esos estándares se esconde un peaje alto: la concentración de enfermedades hereditarias que merman la calidad y la expectativa de vida de millones de animales.

En muchas casas hay un perro que gruñe cuando lo mueven del sofá, protesta si le tocan el plato o ladra a cualquiera que se acerca. A menudo se dice “es malo” o “no tiene cariño”, pero la mayoría de las veces se trata de otra cosa: carácter, genética y educación.



En un extremo de la correa, un chihuahua de poco más de un kilo cabe en un bolso de mano. En el otro, un gran danés puede pesar lo mismo que un adolescente. Ambos son perros, pertenecen a la misma especie (Canis lupus familiaris) y, sin embargo, su tamaño parece desafiar la lógica. Detrás de este contraste extremo hay un laboratorio silencioso pero implacable: la genética.