25 de febrero de 2026

En la ciudad, el paseo dejó de ser un simple “ir y volver”. Para el perro, la vereda es un mapa vivo: olores nuevos, ruidos, motos, otros animales y personas. En ese contexto, tirar de la correa no siempre es “mala conducta”, sino una respuesta predecible a un entorno sobrecargado de estímulos.

La “inteligencia” canina no se mide como un examen escolar: incluye memoria, autocontrol, capacidad de resolver problemas y, sobre todo, lectura de señales humanas. En esa línea, equipos de la Universidad Eötvös Loránd (ELTE), en Budapest, llevan décadas estudiando cognición canina y popularizaron pruebas simples —basadas en experimentos de laboratorio— que pueden adaptarse al hogar para observar cómo piensa un perro en situaciones cotidianas.


Rascar la base de la cola de un perro puede parecer un simple gesto, pero desvela un fascinante mundo de conexiones emocionales y biológicas, donde la sensibilidad y la interacción crean un vínculo lleno de ternura y confianza entre el humano y su amigo.


Un jardín recién arreglado, plantas alineadas y, de pronto, un cráter donde ayer había césped; el “culpable” suele tener nombre y apellido de raza: Terrier. Para sus dueños puede ser una travesura; para el perro, en cambio, es una tarea seria.