20 de abril de 2026

Ashford Castle, en el condado de Mayo, Irlanda, ofrece una experiencia única de slow travel. Este hotel histórico, rodeado de lagos y bosques, combina lujo con actividades al aire libre, haciendo de cada estancia un recuerdo inolvidable.

Existen pueblos que, a pesar de la cercanía a grandes ciudades, ofrecen una atmósfera de cuento de hadas con su arquitectura pintoresca y paisajes asombrosos. ¿Cuáles son algunos de estos destinos mágicos ubicados a menos de dos horas de metrópolis bulliciosas?

A orillas del Estrecho de Magallanes, Punta Arenas funciona como puerta de entrada a una de las postales más singulares del sur de Chile: la pingüinera de Isla Magdalena. En pocas horas, el viaje pasa del ritmo urbano patagónico al sonido del viento y el ir y venir de miles de pingüinos magallánicos.

Entre la cordillera de los Vosgos y el río Rin, en el noreste de Francia, Alsacia despliega una sucesión de viñedos, casas entramadas de madera y calles adoquinadas donde el tiempo parece caminar más lento. A pocos kilómetros de Estrasburgo y a un paso de la frontera alemana, la región concentra algunos de los pueblos más fotogénicos del país.

Entre bosques de cedros y niebla suave, Koyasan (Monte Kōya) propone un Japón de silencio ritual y caminos de piedra. Este altiplano sagrado, salpicado de templos y cementerios centenarios, se recorre a paso lento: la recompensa suele ser un amanecer con campanas, incienso y madera húmeda.

En la Laponia finlandesa, donde el bosque boreal se abre a colinas suaves y noches largas, Kakslauttanen se volvió sinónimo de una postal contemporánea del Ártico: acostarse bajo un techo de vidrio templado y mirar el cielo en busca de auroras. El paisaje hace el resto: nieve, silencio y luces que aparecen cuando menos se las espera.