Santiago Peña Palacios llamó al intendente de Sanber, Emigdio Ruiz Díaz Ojeda, y le dio la orden de que se acabó la fiesta en la zona del anfiteatro. Punto. El limitadísimo intendente cometió luego la imprudencia de confesar públicamente que el número uno le había dado la orden.
En medio de todo, algunos concejales intentaron ingresar al anfiteatro y los guardias allí apostados se lo prohibieron. Palabras fueron y vinieron; preguntaron si eran órdenes de Coto Nogués, el último empresario con el cual se firmó el arrendamiento del lugar, y los trabajadores respondieron que no. Que eran guardias de ueno.
Hasta aquí ya había dos señales aparentemente inconexas: una, el Virrey trituró la autoridad y la autonomía municipal al ordenar el fin de los eventos, y, dos, ueno aterrizó de pronto en el lugar más disputado de la villa veraniega.
Sobre el contrato, lo único que puede afirmarse —por principio jurídico básico— es que ninguno celebrado entre partes se transfiere automáticamente a terceros sin una cesión formal. El último arrendatario del “anfi” fue Coto Nogués con su empresa G5; si hay una fusión o cesión hacia Uenoguay, debe existir un acto jurídico que hoy permanece oculto.
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Hay que vivir casi 365 días del año viajando, en avión o en helicóptero, para ignorar que el pulmón económico de Sanber es precisamente la zona donde el Virrey ha ordenado que se acabe la fiesta. A pocas semanas del inicio de temporada, su majestad impone que se ignoren contratos firmados, que se pulvericen inversiones y que se deje en la incertidumbre absoluta a eventos ya planificados y a fuerzas laborales contratadas. Se SOBREentiende: desde la majestuosidad de su serranía de Ciervo Cuá, SOBREdimensiona su autoridad. La realidad económica de Sanber le queda tan abajo que ni con helicóptero la ve.
Pero ojo. El Virrey no quiere ALGUNAS fiestas en la zona del anfiteatro: el jolgorio está permitido si es con su permiso. En Instagram ya anuncian una fiesta el 16 de enero que se hará en el mismísimo anfiteatro donde prohibieron las farras. Igual que en época stronista, las partuzas podrán hacerse con la venia del número uno y pueden durar hasta que salga el sol. No me crean a mí, ya se venden las entradas.
A esta altura, ya no me pregunto cómo el intendente de San Bernardino decide ir contra quienes lo votaron para acatar órdenes de alguien tan desprestigiado políticamente. El residente ocasional más poderoso de San Bernardino acaba de recibir en Ciudad del Este un mensaje alto y claro: la población está hastiada de todo lo que le están haciendo al Paraguay. Empezando por él.
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