No hay demasiada esperanza

La reciente medida del gobierno de los Estados Unidos que beneficia, parcialmente, a Horacio Cartes, recibió muchos aplausos de sus partidarios. “Justicia” es la palabra más leída en las redes sociales.

El embajador, Gustavo Leite, dijo: “se limpia el nombre del Paraguay”. Para estar limpio tuvo que haberse manchado antes. Fue lo que pasó cuando el 22 de julio de 2022, el Departamento de Estado declaró a Cartes y Hugo Velázquez “significativamente corruptos”. Otra sanción, para Cartes, fue en enero 2023 de parte de la Oficina de Control de activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro. Es esta la que ha extinguido.

Leite agregó que la OFAC, para tomar la nueva medida, se basó “en documentos serios y no en chismes periodísticos”. Este disparate –propio de quien había integrado la comisión garrote- va de la mano con otros similares. Siempre el cartismo sostuvo que el Departamento de Estado y el Departamento del Tesoro habían castigado a su líder por meras denuncias irresponsables.

Si el Departamento de Estado y el Departamento del Tesoro obran así, con tanta liviandad, ¿qué nos hace pensar que esta vez son distintos? En los países con democracia sólida la instituciones funcionan conforme con las leyes. Si hay que castigar, se castiga; si el tiempo de la pena de ha cumplido, se levanta.

La imaginación turbulenta de muchos cartistas nos presenta la siguiente escena esperpéntica: Llegan dos señores al Departamento de Estado. Se presentan como ciudadanos paraguayos interesados en conversar a solas con el titular de la institución “sobre un asunto de interés para ambos países”. El secretario de Estado deja sus muchas ocupaciones y los recibe. Pronto hizo llamar a un intérprete ante el inglés dificultoso de sus visitantes. Estos respiran aliviados porque ya se hacen entender. Uno de ellos arranca sin preámbulos: “Señor, en Paraguay tenemos a un expresidente de la República que anda cometiendo fechorías desde hace tiempo. Queremos que se lo castigue”. El alto funcionario, sin titubear, responde: “Okey, dejen a mi cargo”. No pasaron 24 horas cuando en Asunción el embajador reunió a la prensa e hizo conocer la sanción. Hoy los cartistas desean saber quiénes son los dos chismosos. Piensan que hay más y exigen que se los identifique.

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¿Es posible creer que la disparatada escena sea verdad?; ¿El Departamento de Estado del país más poderoso del planeta se maneja, como dice Leite, con chismes periodísticos? ¿Esta es la idea que tiene el embajador paraguayo del país donde presta servicios? ¿Se fue a ocupar una delicada función con la misma mentalidad con que manejó la “comisión garrote”?

La vocera de la Embajada de los Estados Unidos en nuestro país, Leanne Cannon, dijo acerca del caso que “las sanciones son herramientas importantes para promover (…) e incentivar cambios de comportamiento. Las sanciones no están contempladas para ser medidas punitivas perpetuas”. O sea, se ha cumplido el tiempo de la sanción, que no es perpetua, y se la levanta porque ya logró su propósito de “cambios de comportamiento”. Clarísimo. Cambió Horacio Cartes y no la OFAC.

Al anunciar a la opinión pública su nueva situación, Cartes comenzó diciendo: “Hoy se ha hecho justicia”. Y más adelante: “Siempre confié en que la verdad se impondría”. Pero sucede que la verdad del gobierno norteamericano es otra. Impuso una sanción con el fin de hacer que el sancionado cambie de comportamiento. O sea, hubo un delito que prescribió porque la pena no es perpetua.

Cartes prometió en su comunicado redoblar su “compromiso con el Paraguay y con todos los que creen en un futuro mejor para nuestra nación”. Ese “futuro mejor” depende del presente. Pero así como están las cosas –corrupción consentida, prepotencia, un Congreso que aplaude la represión policial- no hay demasiada esperanza.

alcibiades@abc.com.py