El Poder tiene miedo

“No habría política sin miedo”, afirmó el filósofo italiano Roberto Espósito, y su expresión alcanza tanto a ciudadanos como a mandatarios. Para las personas, el miedo –siempre vamos a hablar del temor político y no de los personales- se basa en la inseguridad frente al poder, sobre todo a la posibilidad de que el bienestar colectivo resulte perjudicado. Y para el poder, el miedo es el temor a perder el poder, sobre todo perder la capacidad de abusar del mismo.

Los especialistas aceptan en general la idea de que hay miedos externos e internos en los países. El miedo externo “se construye con el fin de unir a la comunidad frente a un peligro que se presenta como ajeno a ella. La amenaza atenta contra todos”.

Este tipo de temor es el que rige en países totalitarios como Corea del Norte, Nicaragua, Venezuela, Cuba, donde se vive temiendo al imperialismo, para lo cual el Estado “se prepara para una adecuada defensa” con extremados recursos y equipos de seguridad, los cuales finalmente terminan oprimiendo a las poblaciones.

Los más antiguos recordamos lo que fue la doctrina stronista: “Democracia sin comunismo” en el marco de la Guerra Fría, la cual utilizó la dictadura vigente entonces para atemorizar a la población sobre la fantasía de una probable toma del poder “democrático” para instaurar la dictadura. Entonces, el miedo era una política de Estado. No ser colorado era ser automáticamente sospechoso, ser afiliado de otro partido era un atenuante, sólo si pertenecías al sector reconocido por la dictadura.

El miedo interno tiene que ver con la inconsistencia de las estructuras sociales, económicas y políticas la que produce tensiones en torno a la pobreza, criminalidad, inseguridad, etc. Debido a ello, el Estado se “ve obligado” a ejercer mecanismos de control de la población creando reglas, sanciones, amenazas, castigos y perdones. Enfrentar una barrera policial en la ruta produce siempre alguna cuotita de temor.

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Bueno, ahora ya no hay “Democracia sin comunismo”, pero hay temor al EPP, a los dementes ataques terroristas de los narcos, o de sus guerras internas; a la delincuencia, a las ocupaciones ilegales y últimamente a las sanciones contra los bienes de inversión. El poder encuentra tierra fértil para los abusos, con su mayoría propia para atropellar y borrar huellas, con su fiscalía, sus tribunales y corte, su policía y fuerzas armadas, sus gremios de funcionarios adictos, sus facultades de garaje que producen “intelectuales del Congreso” a quienes deben fabricar títulos, entre otras cosas.

Pero hay una buena noticia. Este poder cartista autosuficiente TIENE MIEDO, miedo a no sobrevivir al 2028, miedo a competir de igual a igual. Por eso el poder liquida a sus enemigos de manera preventiva, con premeditación, diríamos equiparando a la terminología del derecho. No liquidan a cualquier opositor –ya conoce a la mayoría-, liquida a los que no pueden controlar, terminan con lo desconocido, no porque no los conoce, sino porque desconocen que piensan hacer con el sistema y, por ende, con sus privilegios.

Por consiguiente, nunca permitirán que crezca desde abajo hacia arriba el germen del temor, es decir que la gente haga sentir miedo a los mandatarios y a sus patrocinadores. Y se preguntarán: entonces liquidarán también al candidato adversario de la interna colorada? Respuesta: claro que no, eso es solo un juego dentro del sistema para conservarlo y, en lo posible, perpetuarlo.

(Basado en la lectura de “El miedo: historia de una idea política”, del profesor Corey Robin y “El miedo como política de Estado”, del profesor Omar Serrano).

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