Pueblos Indígenas e Inteligencia Artificial: Defendiendo derechos de cara al futuro

Cada 9 de agosto, el mundo se detiene a reflexionar. Es el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, una jornada que no celebra —resiste, reclama, exige—. Este 2025, Naciones Unidas nos convoca con un tema tan potente como desafiante: “Pueblos Indígenas e Inteligencia Artificial: defendiendo derechos de cara al futuro”.

¿Puede la inteligencia artificial convertirse en una aliada de los pueblos indígenas o solo será otra herramienta de despojo e invisibilización? La pregunta no es retórica. Es urgente, actual y necesaria.

La IA está reconfigurando el mundo a velocidades vertiginosas. Y como toda transformación tecnológica, trae oportunidades,pero también múltiples desafíos. En el caso de los Pueblos Indígenas, esas amenazas no son abstractas: implican riesgos ambientales, culturales y económicos, incluyendo usos indebidos de su conocimiento ancestral en bases de datos que entrenan algoritmos, o lenguas tergiversadas o borradas por modelos lingüísticos que no reconocen la diversidad.

Por eso debemos fomentar, en conjunto con todas las partes interesadas, incluyendo gobiernos, empresas y sociedad civil, pero sobre todo las propias comunidades, una Inteligencia Artificial ética, que incorpore la promoción de los derechos de los pueblos indígenas. La reciente publicación de la UNESCO, “Inteligencia artificial centrada en los pueblos indígenas: perspectivas desde América Latina y el Caribe”, señala con claridad una gran paradoja y un gran desafío: mientras los Pueblos Indígenas son depositarios de saberes únicos, su participación en el diseño y gobernanza de la IA es casi nula. En palabras del informe: “Hoy más que nunca advertimos la necesidad de una IA que respete los derechos humanos y las perspectivas de los pueblos indígenas, destacando su papel en la preservación de identidades y patrimonios culturales”.

Este vacío no es casual. La mayoría de los sistemas de IA en el mundo se desarrollan desde lógicas que priorizan la eficiencia antes que la equidad, y desde contextos socioculturales que no dialogan con las cosmovisiones indígenas. Como bien se advierte desde Naciones Unidas en esta fecha, el riesgo es que la IA “perpetúe legados coloniales y patrones históricos de exclusión”.

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En Paraguay, donde habitan 19 pueblos indígenas que hablan cinco familias lingüísticas, la cuestión no es menor. ¿Qué lugar tiene la voz Guaraní, Maka, Nivaclé o Ayoreo en los sistemas que están definiendo el futuro? ¿Qué derechos tienen esas comunidades sobre los datos que producen o que otros extraen de su experiencia colectiva? ¿Quién garantiza que no serán nuevamente marginadas de los beneficios del desarrollo?

Pero la historia no termina ahí. También hay esperanza. En diversas partes del mundo, las comunidades indígenas están utilizando la IA para revitalizar lenguas, monitorear el medio ambiente, preservar prácticas culturales, e incluso, enfrentar el cambio climático. En Nueva Zelanda, por ejemplo, el colectivo Te Hiku Media desarrolló una herramienta de procesamiento del lenguaje natural para revitalizar el idioma Maorí. En los territorios inuit en Canadá, se diseñaron modelos de IA que integran sabiduría tradicional para anticipar patrones de deshielo.

Ese es el camino: una IA con raíces. Una tecnología que no borre, sino que potencie la diversidad. Que no extraiga, sino que escuche. Que no reemplace, sino que respete.

Avanzar requiere también explorar financiamiento para la innovación con identidad, marcos normativos que respeten el consentimiento libre, previo e informado (CLPI), y sobre todo, participación real y vinculante de los pueblos indígenas en los espacios donde se decide el futuro de la tecnología.

La inteligencia artificial no es neutra. La ética tampoco. La pregunta es: ¿seremos capaces de construir una IA que reconozca a los pueblos indígenas no como sujetos vulnerables, sino como protagonistas de un futuro compartido?

En este Día Internacional, la respuesta no puede ser tibia. Porque si la IA no es también indígena, no será verdaderamente humana.

*Ernesto Fernández Polcuch. Director Oficina Regional UNESCO Montevideo.

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