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Este diario fue el primero en destapar la olla de Itaipú, advirtiendo a la opinión pública sobre los “errores” del Tratado, suscripto con Brasil, y por el cual se produjo el despojo de los intereses nacionales con la ayuda de los traidores a la patria. Después, son muchos los que se subieron al carro a denunciar lo mismo.
Este diario fue el primero en propiciar el retorno de los exiliados, especialmente de los colorados arrojados fuera de su país por el dictador Stroessner. Fue el primero en publicar editorial todos los días y en privilegiar las noticias nacionales sobre las del exterior. Este diario fue el primero en contratar periodistas con formación académica y el primero en dejar de contratar periodistas bohemios hasta conseguir que los periodistas vivieran de sus sueldos.
Este diario fue el primero en habilitar columnas de opinión a sus periodistas, a quienes el director respaldó siempre, y fue el diario más comprometido con la defensa de la libertad de prensa. Este diario fue capaz de ganarse el respeto de la opinión pública y con ello ganar dinero suficiente para pagar bien.
Nadie en ABC se puso a llorar por la clausura. Los trabajadores probamos una demanda judicial por abuso de poder y despojo arbitrario de nuestra fuente de trabajo. Nada. Pero el director convirtió su desgracia en un arma política: hizo que en todo el mundo occidental se supiera, no solo del cierre del diario, sino también que se tuviera conocimiento y conciencia de la prolongada dictadura criminal existente en el Paraguay.
Costó pero resultó. Cinco años de incertidumbre (1984-89) para ver la caída de una superestructura político-militar. El cierre de ABC Color puso contento solo a los stronistas, pero la caída de la dictadura alegró a todo el país. Se justificó plenamente la estrategia de Aldo “Acero” Zuccolillo de no buscar la reapertura de su diario sino a través de la justicia, ni de escuchar sugerencias de qué hacer para ablandar al dictador y esperar que dé la orden de abrir de nuevo. Se jugó por la caída del ordenador de la arbitrariedad, la gerenció, esperó y vio cómo se fue pudriendo y, terminó.
Todos celebramos la reapertura de ABC Color el 22 de marzo de 1989. Para cuando volvimos las máquinas de escribir, insustituibles herramientas labradoras del oficio de redactar, ya fueron dejadas de lado, y los más o menos, y muy veteranos, entramos gateando a la redacción detrás de una hoy simple y vulgar computadora.
Hay personas que juzgan al diario y a quienes trabajamos en él, por una fotografía, pero me pregunto si antes de emitir esos juicios se pusieron a revisar por lo menos el 10 por ciento de las publicaciones (no exenta de errores), ya que no todos tienen el privilegio de haber acompañado a ABC en sus 58 años de vida y cinco de intervalo por clausura.
Hay personas que buscan hoy el mismo ABC de tiempos de la dictadura o de la época en que lo dirigía Aldo Zuccolillo. Por supuesto que no puede ser el mismo, pero si buscan comparar su postura ante determinados temas, encontrarán al mismo viejo diario joven con fe en la patria, combatiendo la corrupción, la complicidad de la justicia ordinaria, el saqueo en Itaipú, la coima en las licitaciones, el enriquecimiento ilícito en la función pública, la mediocridad en la elite política y en la enseñanza, entre miles de otros problemas que denuncia a diario.
No me preocupa ABC. Me preocupa la opinión pública, ayer bien ubicada entre “el bien y el mal”, pero hoy abandonada a su suerte entre la falsa libertad de las redes y la transparente ridiculez de una supuesta heterodoxia, manejada por –más que medios– enteros brazos de la prensa amiga del poder. Este retroceso es apenas una de las patas menos ligeras con que se desplaza la democracia, a pasos agigantados, en busca de su seguro reemplazo: el totalitarismo de rango populista, donde los únicos conocidos tal vez sean, otra vez, la corrupción y la impunidad.