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Normalmente, entendemos la Cuaresma como tiempo de penitencia, lo que es correcto, sin embargo, hemos de vivir esta penitencia en tres sentidos: como mortificación corporal, como conversión del corazón y como frecuencia al sacramento de la Reconciliación.
Todos necesitamos hacer penitencia para fortalecernos delante de las tentaciones que experimentamos a diario, ya que ser derrotados por ellas agranda la confusión en el mundo, y el dolor en gente que apreciamos mucho.
Las tentaciones que Jesucristo experimentó son las mismas del ser humano de todas las épocas, aunque los diferentes tiempos les ponen distintos ropajes. Pero más importante que esto es el modo como Él luchó contra ellas y las venció: Él nos da el ejemplo para vencerlas hoy también.
Delante de la tentación del placer, expresada en la palabra “pan”, Jesús aclara que el hombre no vive solamente del pan para el estómago, pero necesita también del pan del espíritu, que es la Palabra de Dios, y el Cuerpo de Cristo.
Igualmente, el placer relacionado con la sexualidad debe ser iluminado con el Evangelio, de manera que no resbalemos delante de la infidelidad matrimonial, de la fornicación y otras costumbres enfermizas, como la bisexualidad y la pornografía.
Cuando el demonio le lanza el anzuelo de tener muchas cosas materiales, desde que doble las rodillas y sirva al mal, a la corrupción y al manoseo de la Justicia, el Maestro afirma categóricamente que debemos adorar solamente a Dios, y considerar sus enseñanzas como el tesoro más valioso del mundo.
Los bienes materiales son un medio para favorecer la calidad de vida y han de ser compartidos con los otros. Nunca deben ser el objetivo primordial de nuestra existencia: medio, no fin. Además, como dice el pueblo: el ataúd no tiene cajón y uno no lleva nada de todo lo que tiene.
Igualmente, todos nosotros probamos la tentación del poder, porque aparentemente, es dulce ser tenido en cuenta, ser obedecido, ser adulado y dar la última palabra en las decisiones profesionales y familiares.
Ante esta provocación de autosuficiencia y de soberbia, Jesús afirma que el verdadero camino es este: “No tentarás al Señor tu Dios”, en el sentido de querer robar el lugar de Dios y usar gua’u su poder.
Podemos dominar estas tres tentaciones con el ayuno, la oración y la limosna-solidaridad, para que la fortaleza del Espíritu Santo sea nuestra fortaleza, y nos haga más libres, humildes y solidarios.
Paz y Bien.