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Loki, el maligno entre todos los dioses, tenía la moral realmente baja ante el problema en que había ido a meterse, y aún se le acrecentó la melancolía al considerar cuáles serían las consecuencias si los Ases perdían las áureas manzanas de Idunn, prenda de eterna juventud, y caían en manos de los gigantes. Se preocupaba, pues, y se preguntaba qué podría hacer; solo que no hallaba ninguna solución.
Tendría que mantener la palabra dada y entregar a Idunn, pero, sin las manzanas encantadas como habitual comida, los Ases perderían su eterna juventud y empezarían a volverse viejos y canosos. Se estremeció al pensarlo.
Loki fue a buscar a Idunn. Ella estaba paseando por su jardín entonces, hablando a las flores, y dijo a su visitante:
—¿Sabes? Comprenden cada palabra que les digo. Las alabo, y así crecen mejor.
—Hace una linda tarde para dar un paseo —comenzó diciéndole Loki—. ¿Sabes? El otro día estuve en el bosque, más allá de Asgard y sus murallas y contemplé un árbol frutal nada común; bueno, a mí me pareció algo extraordinario, porque producía frutos similares a tus manzanas de ого.
—¡Oh, no creo que eso pueda ser posible! —repuso la dulce Idunn, pues bien sabía que sus manzanas eran únicas. —¿Quieres venir a verlo conmigo? —propuso Loki—. Y de paso, quizá te interese traer también tu cesta de manzanas, para comparar unas con otras. A Odín le agradaría conocer una nueva fuente de suministro.
La suave charla de Loki engañó a la inocente Idunn. Así pues, esta tomó su cestillo donde guarda-
ba las manzanas de la juventud, y en compañía de Loki atravesó las puertas de las murallas de Asgard. El único que los vio salir fue Heimdall, el Vigilante. Con una inclinación de cabeza musitó la salutación de rigor, pero la verdad es que en ese instante su atención estaba centrada en un águila que volaba en círculos allá arriba en el cielo, dirigiéndose a Jotunheim.
Cuando Loki e Idunn quedaron ocultos de las murallas de Asgard por una prolongación de la zona boscosa, el gigante Thiazzi se lanzó sobre ellos, con su disfraz de águila, y antes de que Idunn se diera cuenta de lo que pasaba, las retorcidas garras la habían tomado por los hombros, y ella y sus manzanas fueron arrebatadas por los aires camino de Jotunheim.
Loki volvió furtivamente a Asgard, asegurándose de que nadie le hubiera visto.
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Los Ases quedaron sumamente afectados por la desaparición de Idunn; sin su dieta diaria de las manzanas de la juventud pronto empezaron a envejecer. Con sus barbas canosas y sus hombros deprimidos apenas podían reconocerse unos a otros. De pronto rompían a preguntar, quejumbrosamente:
—¿Y dónde está Idunn? ¿Dónde se ha ido, ah? ¡Habrá que hacer algo! ¿Quién la vio el último...? Eso, ¿quién la vio el último?
Acabó averiguándose que fue Heimdall el último que la vio caminando con Loki cuando abandonaban Asgard.
—¡Debía haberlo imaginado! —rezongó Odín malhumorado. ¡Que me lo traigan!
Trajeron casi a rastras a Loki ante la presencia del Padre de los Ases, y no tardó en cantar toda su historia. En su furia, los dioses amenazaron al Maligno con la tortura y la muerte, y cuando estuvo suficientemente aterrorizado, el propio Loki se declaró dispuesto a ir hasta Jotunheim y traer a Idunn, con sus manzanas de oro, al hogar común. Solo pidió que la diosa Fre- ya le prestara su capa de plumas, para poder ir volando disfrazado de halcón. Freya, quien ya empezaba a mostrar arruguitas en torno a sus hermosísimos ojos, accedió enseguida. Loki se vistió con la piel del halcón y voló sobre las murallas de Asgard; con unos cuantos aletazos rápidos se encaminó, a través de los océanos, hasta Jotunheim.
Sobre el libro
Título: Colección trotamundos
Editorial: ARRAYAN
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