A partir del golpe del ‘89, las marchas y manifestaciones populares, antes proscriptas por el régimen, fueron legalizadas en Paraguay. De la mano con esto, se crearon los mecanismos correspondientes para que se llevaran adelante en forma ordenada y pacífica, respetando así los derechos de todos los ciudadanos, tanto participantes de las mismas como no. Y esto, en mayor o menor medida, se viene respetando bastante bien.
Un par de días atrás, recordábamos aquel aciago 22 de marzo de 1984. Ese día, a través de una escueta resolución del Ministerio del Interior se ordenaba el cierre de actividades del diario ABC. Una orden arbitraria que no sorprendió demasiado, porque se veía venir en un momento en que la dictadura ya estaba lejos de su apogeo, por lo menos en lo que hacía al mando efectivo de Stroessner.
Durante un foro de empresarios paraguayos, del que participaron dueños de empresas muy grandes del país y emprendedores que se están iniciando y buscan consejo e ideas, las apreciaciones de uno de los participantes, de origen coreano, calaron profundo entre todos los presentes.
“El primero de marzo cayó, más su nombre en el bronce quedó”, así cantamos con energía los niños durante décadas, y antes de nosotros nuestros mayores. Era una manera de demostrar respeto no solamente al máximo héroe de nuestra historia, que fuera muerto en forma vil a orillas del Aquidabán por la soldadesca del imperio. También era una forma de respeto a la Patria misma.
Lo que decimos de los demás es muy importante. Tanto por el contenido de lo que expresamos, la forma en que lo hacemos, las circunstancias y hasta los términos que utilizamos. La suma de todo esto dice mucho acerca de nuestra educación, y también de nosotros. Pero igual o incluso más importante es la forma en que nos referimos a nosotros mismos, y esto cuenta más que mil palabras.
A muchos de nosotros, y aquí indefectiblemente el número que figura en la cédula tendrá mucho que ver, la expresión “Mantengan distancia” nos traerá recuerdos. Y estos recuerdos nos trasladarán al patio de una escuela, donde las maestras, esas venerables damas, con amor y disciplina nos instaban a guardar compostura en los actos y durante la entonación del himno nacional.
Más que contentos, padre e hijo van acomodando las cosas en el auto, preparando el viaje programado. Hay que ser cuidadosos con el espacio, ya que llevan un montón de bolsos y hasta una pequeña maleta. No pueden faltar, además de lo obvio como la ropa, documentos y desde luego medicamentos previniendo cualquier trastorno, algunas cosas para comer evitando así demasiados gastos. También el vehículo tuvo un mantenimiento completo apenas la semana pasada, por lo que el operativo vacaciones de la familia Giménez está en plena marcha.
Una vez más, Encarnación nos sorprendió apenas entramos a la ciudad. Tanto el centro histórico como la Costanera en toda su extensión estaban impecables, desde el césped del paseo central que parece una cancha de fútbol europeo, pasando por los bancos en excelente estado, hasta los camineros y el muelle invitando a visitarlos en obligados paseos. Y también hay que agregar, aunque nos duela: la ausencia de basura es llamativa, seguramente más para los capitalinos como nosotros.