La historia recuerda a Maximilien Robespierre como “El Incorruptible”, un hombre de convicciones férreas, de una moral rigurosa y de una lealtad ideológica e inquebrantable a la virtud que no admitía fracturas. En plena Revolución Francesa sostuvo que “la compasión es traición” y justificó el terror como justicia pronta, severa e inflexible. Su radicalidad, aunque sangrienta, se convirtió en símbolo de la necesidad de purificar la política de abusos y corrupción.
La historia es clara y nos enseña que las sociedades perecen y colapsan cuando sus líderes abandonan los principios fundacionales y traicionan el contrato social que las sostiene. Roma se hundió por la corrupción estructural, la compra de voluntades y la incompetencia de no solo sus emperadores que olvidaron su rol moral sino del propio Senado romano. Grecia se desgarró en guerras fratricidas y en la impiedad de quienes confundieron poder con privilegio. Hoy, los paralelismos son innegables, evidentes y dolorosos.
Si hay algo que quienes administran la cosa pública no quieren entender, es más, les molesta, es que la administración de lo público exige transparencia y rendición de cuentas. La Constitución y las leyes imponen la obligación de transparencia, porque los fondos públicos, algo que les pasa por la tangente en particular a este gobierno, pertenecen a todos. Esquivar respuestas frente a cuestionamientos legítimos es una negación de ese deber.
Fue publicitada en los medios la muerte de una niña indígena de 3 años por desnutrición severa y deshidratación crónica, publicación para la nada. Resulto ser prueba inhumana de que, para el Estado, el gobierno, no existe.
Recurro al proverbio 21:20 para alzar mi más enérgica critica a la deshumanización del gobierno, que sin atisbo de vergüenza alguna avala la dilapidación de fondos para cuestiones intrascendentes. Me refiero a lo relativo en disponer nada más y nada menos que 700.000 dólares americanos para “celebrar las fiestas navideñas en el Alto Paraná” todo en contraste a las necesidades por las que soporta la ciudadanía.
La palabra derrota proviene del francés déroute, que a su vez deriva del verbo desroter, que significaba “desbandar” o “dispersar” una formación militar. Dicha palabra está influida por el latín rupta (rota, quebrada). Con el tiempo, esta noción de colapso militar se trasladó al lenguaje político para referir el fiasco escandaloso de un partido o de un líder. Así, una “derrota política” no es solo perder una elección, sino cohesión y en particular respaldo popular.
