Cerca de las diez, la caminata comenzó como una procesión luminosa: la artista avanzaba escoltada por fanáticos e influencers escogidos, un pasillo humano que parecía latir al unísono. El estadio entero se venía abajo, incapaz de creer que por fin estaba ahí, tan cerca, esa diosa latina cuya presencia irradia fuego, magnetismo y una energía casi sobrenatural. Así, ascendiendo al escenario entre gritos, lágrimas y banderas paraguayas agitándose como olas, abrió la noche con “La fuerte”.
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Fue un saludo breve: “¡Buenas noches, Asunción!”, pero cargado de intención, como una llave que abría la puerta a un concierto que sería un manifiesto de libertad, poder y empoderamiento. Y desde ese primer estallido quedó claro: aquello no iba a ser solo música, sería un viaje por diferentes estados emocionales, acompañados de pulseras luminosas que latían a cada compás.
Sin pausa, llegó “Girl Like Me”, y la fiesta se convirtió en una explosión. Y sin hacernos esperar, nos hizo disfrutar de su baile. Ese baile que desafía la biología: Shakira parece desdoblarse, diluir los huesos, expandirse y contraerse con una precisión milimétrica. Una artista que domina cada músculo, cada gesto, cada mirada. Allí el estadio ya era suyo.
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Apenas se extinguieron los últimos golpes de percusión, el escenario se bañó en luces rosadas y rojas para “Las de la intuición” y “Estoy aquí”. Las banderas paraguayas ondeando, los fuegos artificiales y su baile encendido dibujaron uno de los primeros momentos épicos de la noche.
Entre canción y canción, Shakira habló: “¡Por fin, qué lindo estar aquí! No lo puedo creer. Gracias por esperarme. Mi manada paraguaya, hoy somos uno”, dijo. La frase, sencilla pero cargada de emoción, unió a la multitud en una sola respiración.
La vibra rockera se apoderó del recinto con “Empire” e “Inevitable”. Guitarra en mano, Shakira volvió a su esencia más visceral: la artista de garra, de cuerdas filosas y de corazón eléctrico. Ese registro suyo, particular, crudo, transparente, hizo que muchos recordaran por qué su obra trasciende generaciones.

Luego vino un segmento teatral: luces, movimientos robóticos, una máscara de soldadora rosada cubriéndole el rostro. Era un laboratorio emocional donde ensamblaba las piezas de un hombre-máquina. De esa performance nació “Te felicito”, seguida de “TQG”, en un bloque afilado, de heridas transformadas en fuerza.
Fue entonces cuando dijo: “La vida tiene formas de recompensarnos. Tuve años difíciles, pero cada vez que nos levantamos, lo hacemos más sabias, más fuertes”.
La declaración sirvió de puente perfecto para “Don’t Bother”, donde volvió a tomar la guitarra eléctrica y bromeó: “Cualquier parecido de la letra con la realidad es pura coincidencia”. El público explotó.

Tras un breve video de lobeznos, una metáfora constante de su propia identidad, llegó “Acróstico”, mientras en las pantallas aparecían sus hijos. El estadio entero se volvió un abrazo colectivo. Luego, convertida en sirena, surgió el video que introdujo el brillante bloque “Copa vacía” / “La bicicleta” / “La tortura”, un viaje entre ritmos caribeños, pop latino y nostalgia pura.
El estallido más visceral se produjo con la alucinante introducción que precedió a “Hips Don’t Lie”, uno de los momentos más celebrados de la velada. La coreografía, la entrega, el sudor, la sonrisa: pura Shakira y su magnífico cuerpo de bailarines en estado sublime.
Sin desaparecer del todo, nos dejó entrar en su backstage mediante las pantallas y veíamos cómo la estaban peinando, vistiendo, transformando. Era como mirar detrás del mito, sin perder la magia. Allí llegó una versión en tono salsa de “Chantaje”, acompañada por cuatro músicas paraguayas: Mar Pérez y Vanessa Chávez en trompetas, Diana Quiñones en trombón y Tati Barreto en saxo.

Luego llegó “Monotonía”, interpretada con la sinceridad filosa que la caracteriza. “Hay canciones que han venido a sanar. A sanar estigmas. Es importante sentirse libre, quererse”. Con ese mensaje introdujo “Soltera”, donde bailó sobre una gigantesca “S”, símbolo de su propia historia y de la mujer que se expande sin temor.
Después presentó uno por uno a los músicos que la acompañaban: Brendan Buckley (batería), Donald Alford II (bajo), Albert Menéndez (pianista y tecladista), Ihosvanni Conyedo (violín y piano), Tim Mitchell (guitarra), reconociendo el corazón instrumental de la noche.
La nostalgia regresó con fuerza en “Si te vas”, conexión pura con su repertorio de antaño. Luego, la belleza minimalista del piano solitario en “Última” generó un silencio impresionante antes del siguiente rugido: “Ojos así”, en una versión electro que culminó en un baile perfecto que parecía trascender lo humano.

Un video de su vida apareció entonces. Entre escenas, una niña, ella misma, pequeña, le recordaba por qué estaba allí. Y sobre esa emoción brotó “Pies descalzos, sueños blancos”, un reencuentro con su raíz más pura.
“¡Qué noche, Asunción! Toda una vida haciéndome sentir querida", dijo antes de interpretar “Antología”, momento que despertó lágrimas, abrazos, memorias. La danza árabe que siguió, en un solo que dejó al estadio sin habla, fue un recordatorio de que nadie se mueve como Shakira. Nadie.
A continuación llegó la aclamadísima “Suerte”, y luego un nuevo video que preparó el terreno para el acto final. La despedida empezó con “Waka Waka”, vibrante, festiva, pero pronto el estadio quedó en silencio.

Fue entonces cuando entre la niebla apareció una loba gigante. La gran pantalla iluminó los diez mandamientos de una loba, proclamando un linaje de fuerza, instinto, hermandad.
Acompañada por su manada de bailarines, Shakira cerró la noche con “Loba” y “BZRP Music Sessions #53”, celebrando el empoderamiento femenino con esa frase ya emblemática que nos lleva a pensar que sí las mujeres no lloran, las mujeres conquistan.
Así terminó uno de esos rituales que se quedan grabados en la memoria. Un espectáculo que solo puede nacer de una artista irrepetible, poderosa, magnética y luminosa y, con seguridad, de las más importantes de Latinoamérica. Es que Shakira no se limita a cantar: edifica universos. Y esa noche en Asunción, Paraguay entero entró en uno de ellos.
